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CONTRA LA CORRIENTE

CRISIS POR TODOS LADOS: ¿QUÉ HACER?

Si se observa superficialmente la situación nacional, pareciera que ni el conflicto Árabe- Israelí, ni la cercana crisis argentina, hacen tambalear el itinerario imperialista que se empeña en cumplir el Gobierno y los partidos del régimen. La prensa –toda oficialista- se empeña en alimentar el posible regreso de la Derecha a La Moneda y los partidos de Gobierno tratan de salir al frente planteándose como los auténticos creadores del “éxito” del modelo. Pero al margen de estas muecas, la burguesía aparece cohesionada, lo que le da gran fuerza para desarrollar su política de guerra a los trabajadores y explotados.
            Este fenómeno de estabilidad política y económica, extraordinario en la historia chilena, ha alimentado en la última década las más variadas corrientes tanto hacia el interior de la burguesía, en las capas medias, como en el proletariado. La explicación de este proceso ha marcado una común identidad de clase desde el pinochetismo, la Concertación y el PC. La década de los noventa, la de la “transición a la democracia”, más que en cualquier otro período de nuestra historia pretendió consumar el sueño neoliberal de Fukuyama y Pinochet: poner fin a la lucha de clases.
            Bajo esta concepción, que descansa sobre el aplastamiento del movimiento obrero y de masas, se articuló el retorno democrático, que valiéndose de las ilusiones democráticas de las masas expresadas como antipinochetismo, dio cuerpo a una colosal ofensiva sobre los trabajadores. Elocuente expresión  de esto es la caída del salario como participación de la renta nacional en la última década ha caído en casi un 20%, esto ubica a Chile entre los países con mayor desigualdad en la distribución de la riqueza en el mundo, superado sólo por Brasil.
            Base económica y material de este proceso es la hiperconcentración de capital y la enajenación del mismo a favor del capital transnacional. Si en los 70 Allende hablaba de las “60 Familias” para referirse a los grupos que conformaban en ese entonces la oligarquía, en la actualidad no podemos hablar de más de cinco grupos económicos. Sólo el sistema financiero ha experimentado en la última década una concentración que tiene hoy en día al grupo español Santander y al Luksic con más del 60% de participación del sistema financiero privado. Una situación similar la observamos en la estructura de propiedad de los servicios públicos (telecomunicaciones, puertos, carreteras, sanitarias). Este proceso económico ha limado los roces interburgueses, por la vía del extremo debilitamiento de la burguesía criolla.
            Si en los 40-50 la burguesía chilena desarrolló un tímido proceso de industrialización, que lo llevó en los 60 a ser una de las economías más industrializadas de A. Latina (el primer lugar per cápita), a partir de 1974, con la Dictadura Militar, este proceso tendió a revertirse de un modo agudo. La estructura arancelaria chilena, claramente proteccionista en algunas áreas cedió paso a una caída unilateral de los aranceles y protecciones aduaneras lo que no sólo barrió con la industria nacional sino que permitió el ingreso masivo de capitales extranjeros. En la actualidad los principales capitales, especialmente los financieros que concentran la gran propiedad burguesa, están en poder del las transnacionales.
            Este hecho estructural de la economía, ha transformado a la burguesía chilena en un simple parásito intermediario y comercial. Este hecho pone en evidencia la inviabilidad del desarrollo económico bajo bases capitalistas en las semicolonias. Contra la fraseología delirante de los economistas y políticos burgueses, que hablan de “subdesarrollo” como de una enfermedad de la que se puede salir con disciplina fiscal, la realidad nos indica que las transformaciones económicas operadas en las últimas décadas no nos conducen al “primer mundo” sino que muy por el contrario nos empujan a la barbarie. Si queremos saber a dónde nos conducen los planes económicos de los que se ufanan la Concertación y la Derecha no podemos pensar en un armónico desarrollo del tipo europeo occidental. Nuestro futuro lo debemos observar en Haití, en Africa, países y zonas en las que el capitalismo ha destruido toda base productiva de un modo depredatorio, sumiendo  a las masas en condiciones de barbarie. Ese es el futuro al cual nos conduce el capitalismo, el “crecimiento con igualdad” no pasa de ser una mala broma.
            Estas bases económicas y esta dinámica de descomposición del capital, explican la cohesión en las filas de la burguesía. No es la tranquilidad del éxito, es la paz de los cementerios la que se hace presente. Quienes quieren ver en esta quietud desarrollo y democracia, además de actuar como sirvientes del régimen, ciegan sus ojos a la realidad del capitalismo: éste nos conduce a mayor miseria y cesantía, a mayor represión y mayor dictadura. La totalidad de las transformaciones y reformas que hoy impulsa Lagos, están al servicio de viabilizar esta crisis de forma servir la voracidad de las transnacionales contra los trabajadores.
            La sola implementación del llamado plan AUGE es expresiva de esta situación. A partir de una evidente crisis del sistema sanitario, que priva de cobertura de salud a la mayoría de la población, en que una cuarta parte de los beneficiarios vía Isapres perciben beneficios superiores al 75% restante. Frente a esta realidad, en lugar de orientarse a garantizar el amplio, irrestricto y gratuito acceso a todas las prestaciones de salud, las medidas corren en el exacto sentido contrario. El plan AUGE establece una “canasta básica” de prestaciones de salud (que en la práctica será máxima para la mayoría); un sistema de prestadores autónomos de servicios de salud (con lo que se persigue flexibilizar el servicio hospitalario lo que redundará en despidos masivos); todo esto financiado por un sistema de aseguradoras que solventarán el sistema.
            En materia educacional las medidas caminan en el mismo sentido. En la educación superior el aporte indirecto crece, de la misma forma que se privatizan los créditos del “Fondo Solidario”, esto ha tenido como objetivo destruir la Universidad pública y tener un sistema universitario en que cerca de la mitad de la matrícula nacional está en manos privadas. A nivel Básico y Medio, por la vía de la subvención de los establecimientos particulares, el sistema también comienza a ser privatizado. Aún cuando el efecto inmediato es el de quebrar la resistencia del Magisterio (a los que crecientemente se les priva de la inamovilidad de funcionarios municipales), la tendencia creciente es al desarrollo de grandes Sostenedores (empresas propietarias de establecimientos que “colaboran” con la función educacional del Estado) y la quiebra de los más pequeños que perecen por falta de matrícula.
            De conjunto, tanto en materia educacional como de salud, se avanza en el desarrollo de un sistema funcional a la mantención de una abundante mano de obra de baja calificación, protegida por un elemental servicio de salud curativa. Instrucción y capacitación, en reemplazo de educación;  simple curación para la mano de obra barata, nada de salud. Esa es la lógica del modelo capitalista, a ello nos conduce el plan imperialista de Lagos & cía.
Esta condición estructural de la clase obrera y de los asalariados está determinada por la necesidad del capital aumentar las tasas de ganancia, cuestión que sólo puede consumar atacando las fuerzas productivas, concentrando capital, bajando salarios e incrementando la productividad de la mano de obra. Por ello la actual tasa de cesantía, de cerca de un 18% real (el 9% del INE considera como ocupados a una buena parte de subocupados) es parte de la estructura productiva del país, es la consecuencia obligada (que puede evidenciar mínimas variaciones episódicas) de la propiedad privada de los grandes medios de producción y del saqueo del país a manos de las transnacionales. Estas reformas económicas iniciadas por los Chicago Boys en los 70 y mantenidas hoy por los “demócratas” concertacionistas, se sustentan en la contrarrevolución pinochetista, en los 10.000 ejecutados políticos del 73, en el avance contrarrevolucionario que hace casi 30 años ensangrentó el Cono Sur latinoamericano en Bolivia, Uruguay y Argentina.
Estas bases, de estabilidad no de solidez del régimen, son las que están siendo sacudidas en la actualidad por la recesión económica que tiene en crisis las principales economías del mundo. El “milagro chileno” se acabó, la tasa de crecimiento de la economía a caído en un 50% los últimos 3 años, el precio de las materias primas sigue en picada y el único camino para salir de la crisis –en términos capitalistas- es seguir atacando los salarios, las conquistas sociales y las condiciones de subsistencia de las masas. A partir de estas consideraciones debemos concluir que la crisis actual, la caída de los salarios y el aumento de la cesantía, no puede ser resuelto por la burguesía ni por sus instituciones, ni por su parlamento, ni aún con sistema binominal: sólo podrá ser resuelto por la acción directa, la lucha y la movilización de la clase obrera, de los explotados y oprimidos de la ciudad y el campo, del levantamiento de la nación oprimida por el imperialismo.

 

Bases materiales del democratismo

 

Sobre estos hechos las reformas antiobreras y el genocidio fascista, comenzó a gestarse desde el Pentágono y la Casa Blanca, la necesidad de proyectar este régimen y protegerlo aprovechando las ilusiones que años de dictadura militar habían sembrado en la democracia burguesa. El primer triunfo político de este plan estuvo dado por la facilidad con que la burguesía y el imperialismo lograron abrir las puertas a la superación de la crisis, poniendo a todos los partidos políticos bajo su designio. Desde los ochenta comenzó a penetrar la idea de la democracia como resolución, consensuada, a los problemas sociales. Los partidos de izquierda, el PS y el PC, formalmente bajaron todo reclamo de tipo socialista y ajustaron su programa al libreto imperialista, como decíamos más arriba, es decir al simple reclamo democrático y ni siquiera eso: simplemente electoral.
El inicio de los 90 está caracterizado por una fiebre democrática que afectó a todas las organizaciones de trabajadores y de izquierda. Todo reclamo se encontraba condicionado a la estabilidad democrática. Recordemos el Paro convocado para Junio de 1991, que Aylwin se permitió ahogar con un simple llamado por cadena de radio y televisión exhortando a los trabajadores a cuidar la Democracia y a no pretender que en poco más de un año se resolvieran los problemas de 17 años de Dictadura Militar. Han pasado más de diez años de este hecho por lo demás sintomático, Humberto Cabrera, PC y máximo dirigente a esa fecha de la FENATS (actual CONFENATS), doblegó la movilización y mantuvo una actitud obsecuente con el Gobierno de la que devino el avance del plan privatizador de la Salud, que hoy encarna el aludido Plan AUGE.
El son naif de las salsotecas, de las batucadas, de los zanquistas y los mimos, el son del anémico “destape” chileno fue apagando los grandes reclamos democráticos, los que quedaron recluidos en las únicas organizaciones de trabajadores que subsistieron a la Dictadura: el Colegio de Profesores, FENATS y ciertos sectores de CODELCO y el Carbón. El movimiento universitario, que jugó un papel trascendental en la lucha contra Pinochet, luego de algunos movimientos destacables como las Tomas de la UPLACED en Valparaíso (movimiento en que nuestra organización nace en 1992) y del Pedagógico de Santiago, ya para 1995 se había apagado casi por completo como trinchera de lucha política antigubernamental.
Todo este proceso, que concluyó desmontando al movimiento de masas, lo caracterizamos como la segunda derrota de las masas, esta vez a manos de la reacción democrática. Lo que el 73 hicieron los Hawker Hunter y los Campos de Concentración, a partir del 89 lo hicieron los jingles televisivos del embobado democratismo con que la burguesía buscaba doblegar a la lucha de masas, y finalmente lo consiguió. Se inició una época caracterizada por la “renovación” como palabra rectora de la política de aquellos años, la caída del stalinismo a escala mundial, la aplastante derrota de Irak en la Guerra del Golfo, sirvieron de marco para el avance del democratismo. Los viejos partidos obreros chilenos el Partido Socialista y el Comunista, terminaron definitivamente de vaciarse de toda referencia clasista y pasaron a ocupar el lugar más o menos crítico de los liberales pipiolos de los primeros años de la República.
En el caso del PS esta situación no requiere de mayores explicaciones. Un partido que cuenta entre sus dirigentes con destacados enemigos de la clase trabajadora como el privatizador Tohá, el defensor de Pinochet, Inzulza, organizadores de aparatos de seguridad como Schilling, expresa en su piel su carácter burgués. Por encima de las individualidades el hecho de que el PS integre la coalición de Gobierno que impulsa los planes imperialistas y hoy tenga a un militante de sus filas, Ricardo Lagos, como el Presidente de los planes antiobreros y antinacionales, lo caracteriza ineludiblemente como una organización patronal. La lucha de clases los coloca en el lugar que les corresponde, la de los enemigos de clase. El PC, si bien es cierto no ha logrado acceder al Gobierno, ha mantenido una linea de capitulación al régimen, traicionando todo movimiento que ha pasado por sus manos y poniendo como centro de su accionar político la arena parlamentaria. Recientemente Gladys Marín indicaba en El Siglo que debía ponerse en primer plano las movilizaciones... pero para presionar a los parlamentarios y obtener reformas al sistema binominal.

 

Naturaleza de clase de la crisis de la izquierda
Estas concepciones, que repetimos han dominado a la izquierda en la última década, han terminado por consumar el desarme político y organizativo de la clase obrera. El movimiento de masas se encuentra empantanado y no logra salir a la lucha y resistir. En la izquierda coexisten dos concepciones: la cretina democratizante del PC pro oficialista, que es la dominante,  y la de los pequeños grupos revolucionarios, que rechazan el colaboracionismo de clases del stalinismo y buscan potenciar la formación de una dirección revolucionaria.
Ambas tendencias coexisten y la última no logra barrer con el colaboracionismo del PC. La superación del stalinismo presentado como la “única” oposición por la izquierda al Gobierno y al “modelo”, como la de todas las corrientes de izquierda que practican el colaboracionismo de clases, sólo podrá verificarse a condición de que se construya el partido político del proletariado.
Sobre esta cuestión abundan las polémicas y replanteamientos, hay grupos –las alas más de derecha- que pretenden soslayar la cuestión de la formación del partido y pretenden reemplazarlo por un amplio Frente Revolucionario, que exprese a las diversa tendencias de un modo horizontal. Esta concepción, mil veces superada por todos los procesos revolucionarios, pretende descubrir un “atajo” en la construcción del partido y reemplazarlo por la sumatoria de las debilidades de los grupos que se reclaman de la revolución. Ellos reemplazan el programa proletario por los ajustes y equilibrios entre las distintas capillas. Esta dinámica que se ha observado en múltiples instancias (Mesas, Coordinadoras, etc.) tiene un elemento en común, se realiza de espalda a las masas o bien sin ninguna perspectiva de ir hacia ellas. Más allá de una decorosa apelación al marxismo, estas tendencias expresan principalmente la impotencia de la clase media frente a la crisis y su incapacidad –en términos de clase- de jugar un papel de liderazgo en la lucha de clases.
Hay otras tendencias, en la actualidad casi totalmente dispersas, que partiendo de una caracterización común sobre las tareas y la necesidad de estructurar este “Frente Revolucionario”, como apuntábamos más arriba, lo hacen sobre la base del foquismo. La realización de un par de acciones de propaganda armada, la declamación más o menos lírica, sobre la necesidad de tomar las armas y llevar a las masas a ellas, agotan su programa. En general no logran salir de la polémica sobre los “medios de lucha” e ignoran –ante la incapacidad de comprender científicamente la realidad- la dinámica y actividad de las masas, a las cuales en teoría pretenden representar. No sabemos si la detención de los compañeros del FPMR y MIR en Sao Paulo, Brasil, el pasado mes de Febrero, se correspondió con un accionar represivo sobre un proceso de rearticulación de estas tendencias. Lo claro es que más allá de cómo se expresen en la actualidad, históricamente han sido incapaces de dar una respuesta política superadora del electoralismo y el colaboracionismo de clases, por cuanto programáticamente siguen empantanados en el reclamo democrático.
En los últimos años, especialmente en los medios universitarios, se han desarrollado varios grupos que se reclaman del anarquismo. En general los unifica una misma concepción ética, estética (ropas negras, peinados agresivos, cadenas, etc.) más próximo al contestatario contracultural, que a la lucha política. Pero es precisamente el amplio espacio dejado por las corrientes de izquierda, el que ha permitido que estos grupos, más próximos al rock`n roll que a la política, terminen expresando el descontento de los universitarios de izquierda. En general estas tendencias, más allá de sus esfuerzos militantes, no han logrado dar una respuesta global a la crisis de la izquierda, quizás porque precisamente se sienten fuera de ella, como en general se sienten fuera de la lucha de clases. Su visión infantil de acción directa, no pasa de una apelación casi afectiva al régimen, del cual reclaman “libertad” de expresión principalmente.
Un punto a parte lo merecen los distintos grupos que se reclaman del trotskysmo. Es necesario apuntar que las diversas corrientes existentes en la actualidad, forman parte de un prolongado proceso de crisis, escisiones y fusiones que han caracterizado al pretendido trotskysmo chileno desde la disolución de la Izquierda Comunista (escisión equivalente al PC de los años 30, que se identifica con el oposicionismo de Trotsky en el interior de la III Internacional) en el PS. A partir de este hecho, la historia del trotskysmo chileno ha sido la historia de su incapacidad para estructurarse como partido-programa. Esto es, la incapacidad de expresar programáticamente las leyes que rigen el desenvolvimiento de la lucha de clases en nuestro país, esta incapacidad teórica es el resultado de su débil inserción en las masas, de su falta de penetración en las mismas.
Las tendencias existentes en la actualidad expresan el pintoresco mosaico exudado por la crisis de la IV Internacional. Desde los tenues vestigios del Secretariado Unificado de Mandel, pasando por el altamirismo, para llegar a las numerosas astillas del morenismo argentino. Todas estas corrientes buscan, cual más cual menos, formal o informalmente, la construcción del partido político del proletariado. Todas se reclaman del Programa de Transición y de la IV Internacional. Con tamañas coincidencias, surge espontánea la pregunta: ¿por qué no se unifican?. La respuesta no es tan simple, con el mismo razonamiento sólo deberían existir dos partidos: el de la clase obrera y el de la burguesía. Pero los procesos históricos, y la formación de un partido revolucionario es un proceso histórico extraordinariamente complejo, no siguen un formulario, se rigen por la lucha de clases.
Es la lucha de clases, la que hizo estallar en la post-Guerra a la IV Internacional de Trotsky, la que fue destruida política y organizativamente por el revisionisnmo pablista (Michel Pablo, máximo dirigente de la IV a la muerte de Trotsky, llevó al despeñadero al trotskysmo mundial recomendando a sus secciones el “entrismo” en los Partidos Comunistas). Es la misma lucha de clases, la que se ha encargado de pulverizar a todas aquellas corrientes que han pretendido hablar a nombre del trotskysmo y han desenvuelto una política extraña al proletariado. Lo que mantiene pulverizadas a estas diversas corrientes y tendencias, es la ya referida incapacidad para penetrar en las masas elaborar programa, bajo la estrategia de la Dictadura del Proletariado. Esta incapacidad los conduce a ignorar la historia del país y a repetir abstracciones y generalidades sobre el capitalismo, esta incapacidad se transforma en parálisis y les impide jugar un papel transformador de la lucha de clases.
En general estos grupos muestran resistencia a enarbolar la estrategia de la Dictadura del Proletariado, no como consigna, sino que como herramienta programática que define a la acción directa y a la violencia revolucionaria, a la lucha insurreccional como única vía para consumar la Revolución. Defender la Dictadura del Proletariado importa expropiar a la burguesía y chocar frontalmente con el imperialismo, que en un país como el nuestro con un proletariado minoritario, obliga a desenvolver la táctica del Frente Único Antiimperialista para potenciar a la clase obrera como caudillo de la nación oprimida. Defender la Dictadura del Proletariado, en definitiva, es la única forma de hacer del internacionalismo una política concreta, la Revolución Mundial principia en ella, en la arena nacional, se desarrolla en la internacional y remata a escala mundial. La Dictadura del Proletariado es la viga maestra del Programa del proletariado.
Cuando hablamos de “Programa” no nos estamos refiriendo a un conjunto de reclamos agrupados como pliego o petitorio. Al decir Programa, estamos señalando una teoría, la elevación a nivel científico de lo que las masas espontánea o conscientemente desenvuelven día a día en las calles. Hacemos referencia a un método, a una concepción que desentraña la dinámica de la lucha de clases en un país o época determinadas. La formulación del Programa Nacional, base para la estructuración del partido revolucionario, puede experimentar ajustes, precisiones de diversa índole pero todas ellas encuadrados en el método del programa mundial: el Programa de Transición de la IV Internacional. El método marxista, sintetizado en el Programa de Transición , que encarna al marx-leninismo-trotskysta, no puede ser objeto de “actualizaciones” como plantean algunos. No es actualizable, porque lo que en él se expresa no es un juego de consignas, sino que una teoría que en lo esencial afirma que la lucha de los explotados en el marco de la descomposición capitalista, por elemental que sea, conduce a la toma del poder, a la Dictadura del Proletariado. Esto es trotskysmo.
Pero hablar de Dictadura del Proletariado, es también una abstracción, ella debe popularizarse y concretizarse en una precisa fórmula de Gobierno que exprese la identidad de las clases que harán la revolución, a las que convocaremos a tomar el poder. De lo contrario la propaganda revolucionaria deviene en eso, sólo propaganda, privada de transformarse en un efectivo instrumento de transformación de la realidad. No basta con indicar que se lucha por un “Gobierno de Trabajadores”, “del pueblo”, de “los de abajo”, es necesario precisar las clases sociales que realizarán las transformaciones revolucionarias. La Tesis de Abril, en la que Lenin adhiere a la concepción de Trotsky de Dictadura Proletaria, expresa una superación de la fórmula antigua de Lenin de “Dictadura revolucionaria democrática de Obreros y Campesinos”. Esta no era una preocupación de estilo o de puristas, arranca de la convicción de Lenin en orden a que el campesinado en definitiva sería arrastrado a la revolución por el proletariado, bajo la conducción de la clase obrera.
En Chile hoy, sostenemos que es la fórmula de Gobierno Obrero y de los explotados de la ciudad y el campo, la que mejor se aviene a la conformación de las clases sociales. El abrumador peso de las capas medias asalariadas urbanas, obligan a expresar a éstas aún por sobre el campesinado (pequeños propietarios) para identificar bajo esta fórmula a la inmensa mayoría explotada y oprimida, a la nación oprimida por el imperialismo. Este Gobierno Obrero y de los explotados de la ciudad y el campo, materializará no sólo las tareas socialistas de la Revolución, ésta por ser proletaria (obligadamente mayoritaria) cumplirá las tareas propias de la revolución demo-burguesa, de carácter nacional, las quie jamás han sido realizadas por la burguesía criolla. Por ello rechazamos la categoría de “2ª Independencia Nacional”, esgrimida en su momento por la UP y hoy por algunas corrientes que se reclaman del trotskysmo, por cuanto incurre en un error histórico fundamental: jamás ha habido en nuestro país una 1ª Independencia Nacional, porque jamás ha habido revolución democrático-burguesa. Mal se puede hablar de 2ª si no ha habido 1ª, con ello sólo se embellece a la burguesía criolla y se concede a la ideología patriotera, cimentada en los mitos de O`Higgins, San Martín y otros “próceres” y “padres de la patria”.
Estas puntualizaciones, se corresponden a la inevitable responsabilidad que tenemos los marx-leninistas-trotskystas de delimitarnos en términos programáticos, de clase, de toda otra corriente que exprese tendencias de otras clases sociales. En definitiva todas estas diferencias tienen sus diferencias en cuestiones de clase. El proletariado chileno, aplastado por la contrarrevolución pinochetista de los 70 y por la reacción democrática de los 80-90, ha dejado de ser una referencia para las masas, de ahí que se ha hecho sentir fuerte el peso de la clase media, de la pequeña burguesía. Por este motivo, se han fortalecido extraordinariamente las tendencias políticas democratizantes y sus concepciones “horizontales” y simplistas sobre la resolución del problema de dirección de los explotados.
Con esto no queremos decir que nos separe de la vanguardia de izquierda una barrera de clase. Todo lo contrario, porque partimos de la base de que los revolucionarios deben ser agrupados como partido bajo la estrategia del proletariado, es que combatimos implacablemente toda manifestación política que nos aleje de este objetivo. Si no damos esta pelea caeríamos en un sectarismo incorregible, que bloquearía –por la “izquierda”- la estructuración del partido revolucionario. A esta tarea convocamos a la vanguardia y al activismo, a retomar las banderas del proletariado, a construir el Estado Mayor de la Revolución, una organización centralista democrática, de cuadros profesionales de la revolución (no rentados), el partido-programa de la clase obrera chilena, su sección de la IV Internacional.
Valdivia, Abril de 2002

 

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